Ficciones (reprise)

El atlas inverso

(Fragmento conservado en el legajo 112 —​“Cartographia Prodigiosa”​— del Archivo Nacional da Torre do Tombo, Lisboa.)

I

Todo viajero es, antes que nada, prisionero de un mapa. En la primavera de 1578, Diogo Lopes de Azevedo, piloto mayor de la Casa da Índia, halló en un zoco de Tánger un pliego singular: un mapa sin título, trazado con tinta desvaída y líneas que recordaban tanto las filigranas musulmanas como los meridianos de Petrus Apianus. El vendedor —un judío portugués, exiliado tras el decreto de 1496— aseguró que aquel folio era una hoja desprendida del “Atlas Inverso de Idris al-Kharitî”, cartógrafo legendario a quien las crónicas otomanas atribuyen haber “dibujado los lugares que aún no habían ocurrido”.

II

Azevedo, versado en la cartografía de Ptolomeo y en la más reciente de Ortelio, advirtió enseguida la rareza definitiva del documento: el mapa no mostraba continente alguno, sino recuerdos privados. Allí estaban, en miniatura iluminada, el patio de azulejos de su infancia en Évora, la cubierta de la São Vicente cuando dobló el Cabo, la sombra de un tamarindo bajo la cual había prometido amor a una mujer cuyo rostro nunca recordaría sin temblar. Sospechó un ardid, acaso un artificio de espías. Decidió, sin embargo, adquirir el pliego; pagó por él diez marcos y una brújula de latón.

III

La noche siguiente el piloto enrolló el mapa y, ya en su alcoba de la alfándega de Ceuta, lo desplegó de nuevo. Las miniaturas habían cambiado: el patio mostraba ahora un brocal que nunca existió; el tamarindo, un pájaro de plumas rojas que ningún naturalista describió; en la cubierta de la São Vicente figuraba un astrolabio imposible. Temeroso, volvió a enrollar el pergamino y durmió abruptamente. Al alba descubrió que el puerto entero de Ceuta había sido cubierto por dunas de arena fina; el mar se había retirado leguas hacia el oeste. Tal prodigio fue atribuido a un sismo. Azevedo, que conocía la correlación íntima entre la línea y el temblor, calló su sospecha: el mapa no representaba el mundo, sino que lo corregía en la medida exacta en que era leído.

IV

Convencido de que el atlas completo debía conservarse en algún sitio, emprendió una pesquisa que lo llevó a Alejandría, Ragusa, Goa y, por fin, a Lisboa. En cada escala consultaba bibliotecas y anticuarios; en cada escala el pergamino mudaba. A veces añadía un río que fluía al revés, una isla hendida por un rayo perpendicular, una ciudad cuyos campanarios sonaban con voces humanas. A veces se limitaba a borrar. Azevedo comprobó un patrón: lo incorporado al mapa comenzaba a existir pocas horas después, mientras lo borrado se desvanecía del recuerdo de los hombres, como si jamás hubiera ocupado espacio alguno.

V

En Lisboa el piloto visitó al cosmógrafo real João de Castro, quien registró en su diario (hoy perdido) la “aparición de un mapa herético, espejo del lector”. Temiendo el celo de la Inquisición, Castro lodó el pliego al interior de un atlas de Mercator. Al abrirlo, ambos cartógrafos vieron que las coordenadas de la ciudad —su propia ciudad— habían desertado del dibujo; en su lugar figuraban calles desconocidas y riberas imposibles. Al salir al mirador comprobaron la última monstruosidad: el estuario del Tajo se había replegado sobre sí mismo formando un laberinto fluvial cuyos meandros cambiaban a la velocidad de las nubes.

VI

Azevedo, poseído por un vértigo tan lógico como místico, escribió una única frase en el borde del pliego: “O atlas descreve apenas aqueles que o fitam.” Al completar el rasgo final de la tilde, sintió la certidumbre de que el mundo, fatigado de espejos, no toleraría más correcciones. Llevó el mapa a la Torre de Belém y lo quemó al amanecer, en la cámara inferior que mira al Atlántico. Las llamas devoraron el pergamino con un silbido tenue; al extinguirse, dejaron en el aire un olor a sal y tinta.

VII

Los anales refieren que, aquel mismo día, todas las cartas de navegación de la Casa da Índia se volvieron en blanco; los marinos debieron trazar de memoria los contornos que la historia les negaba. Desde entonces, los pilotos portugueses —herederos de aquel suceso— confían menos en la certeza de los paralelos que en la conjetura de las olas.

En cuanto a Azevedo, se pierde su rastro. Un manuscrito apócrifo le atribuye estas palabras finales: “El mundo sólo existe cuando lo recordamos; el atlas inverso no lo dibuja: lo lee.”
Si es que sobreviven ejemplares del atlas, acaso descansen cerrados —y con ello inofensivos— en alguna cámara olvidada. Quizá aguarden a su próximo lector para reanudar, minuciosa, la escritora mutación de todo lo que es.

La aritmética del traidor

(Transcrito de los papeles póstumos del barón de Saint-Prospère, depositados en la Bibliothèque de l’Arsenal.)

I

Todo relato de conspiraciones comienza con un azar mínimo. Émile Vabre, notario de provincias, consignó en 1817 que un tal Étienne Lefèvre —“contador jacobino, sin otro mérito que una minuciosa caligrafía”— fue guillotinado durante las exequias de Robespierre. Nada en esa nota presagia la oscura singularidad del cuaderno que precipitó su muerte y acaso la nuestra.

II

El año es 1794. París padece la fiebre crecientemente geométrica del Terror. En la mansión confiscada al banquero girondino Arnaud de Valcour, Lefèvre halla un libro contable sin cubiertas, numerado con una caligrafía inglesa y fechado Anno IV de la Liberté. Sus páginas no registran débitos ni créditos: cada doble columna presenta, a la izquierda, una ecuación algebraica; a la derecha, un nombre y una fecha todavía no acontecida. Bajo la ecuación 17x − 7 = 113 se lee: “Pierre-Michel Coustard – 27 Ventôse”. Coustard —conviene recordarlo— sería denunciado aquel día y decapitado dos jornadas después.

Lefèvre, contable de Comité, verifica la identidad de otras ecuaciones con otros futuros desertores de la causa popular. Advierte un patrón: la solución entera de cada ecuación coincide con el número de días que median entre la lectura de la página y la traición que denuncia.

III

No es exacto decir que el cuaderno “predice”; más acorde es afirmar que condiciona. Lefèvre tacha una ecuación para salvar a un amigo —un boticario de la rue des Lombards— y comprueba, horrorizado, que la denuncia no se concreta. El azar parece retroceder ante el borrón. El contable reescribe, por remordimiento, la página perdida; a la mañana siguiente un vecino denuncia al boticario “por el olor reaccionario de sus tisanas”. La guillotina restablece la exactitud del cuaderno.

En su diario personal (hoy perdido, salvo fragmentos) Lefèvre apunta: “La suma de los crímenes no varía; sólo fluctuamos, nosotros, alrededor de la cifra.” Así nace su conjetura de una Aritmética Revolucionaria, donde el número no cuenta objetos, sino culpas inminentes.

IV

Para someter a prueba el cuaderno, Lefèvre decide mutilarlo. Arranca la página que corresponde al 14 Messidor y la arroja al Sena. Esa noche, París duerme sin detenciones; los rumores de conspiración parecen remitir. Pero a la aurora, se anuncia la Ley de Prairial, más implacable que sus predecesoras. El cuaderno, al abrirse, exhibe una hoja nueva que reconstituye el día perdido con cifras inéditas, nombres nuevos. El contable comprende (o cree comprender) la paradoja: el orden algebraico abraza toda omisión, porque la ausencia misma ingresa en su suma.

V

Subyugado por la lógica de la catástrofe, Lefèvre redacta un Mémoire, dirigido al Comité de Salvación Pública, donde expone su hallazgo. Imagina un aparato de Estado regido por ecuaciones, capaz de anticipar cada felonía y conjurarla. Envía el informe con una copia del cuaderno. Días después recibe, sellado con lacre, un sobre: contiene su Mémoire, intacto, pero precedido de una página suelta. Ésta enuncia, con fría elegancia, la ecuación

29x + 2 = 205

…y, a la derecha, un nombre: Étienne Lefèvre; debajo, la fecha: 8 Thermidor.

VI

Los sucesos posteriores son conocidos. El 8 Thermidor, Lefèvre es arrestado “por conspirar contra la virtud pública”. El acta de acusación —preservada en los Archivos Nacionales— menciona un quimérico “álgebra de la traición”. Interrogado, Lefèvre calla; tal vez entiende que todo alegato modifica la ecuación y, con ello, su fatalidad. Muere al alba siguiente.

Existen, no obstante, las peripecias laterales. Tras la caída de Robespierre (9 Thermidor), el cuaderno desaparece de los depósitos del Comité. Reaparece en 1815 en la biblioteca particular de Talleyrand, ya Príncipe de Benevento. Cuando los prusianos invaden París, el diplomático vende sus papeles; el cuaderno pasa, con otros curiosos lotes, al barón de Saint-Prospère, cuyo sobrino me confió estas líneas.

En la última página —intacta— yace esta ecuación postrera:

2x − 7 = 1

A la derecha, en tinta desvaída, figura un nombre que me reservo y una fecha que se aproxima al día en que escribo estas notas.

VII

Debo concluir. No sé si el cuaderno calcula los delitos o los engendra con la misma naturalidad con que la rosa “razona” su color, según el verso de Browning. Sospecho que su álgebra no opera sobre futuros posibles, sino sobre la única eternidad que importa: la del acto ya escrito, irrevocable, que exige de nosotros la simulación de la libertad.

Si el lector descubre, al cerrar este volumen, una ecuación que lo señale, sabrá que el libro sólo ha cumplido su ineludible teorema: que toda lectura agrega un término a la suma infinita de la culpa. De no hallarla, tal vez la cifra más exacta sea su silencio.

Las cartas de Algaza

(Transcripción y notas marginales del doctor Inocencio Lagomaggiore, adjuntas al legajo 47 de la Biblioteca de la Universidad de Salamanca)

I

El nombre de Alonso de Algaza apenas sobresale en los catálogos del Siglo de Oro: fue un modesto maestro de latín en el Colegio Imperial de los jesuitas y, según un padrón de 1579, confesor interino de cierta Infanta cuyo linaje deliberadamente omito. Nada en esas credenciales presagia la rareza de las seis epístolas que hoy nos ocupan, salvadas del fuego inquisitorial por una feliz errata: el escribano registró Alagua donde debía figurar Algaza y los inquisidores buscaron en vano al hereje inexistente.

II

El Corpus Epistolarum —título que otorgo para mayor comodidad— principia en la cuaresma de 1580 y concluye, abrupto, la víspera de Todos los Santos de 1583. Algaza las dirige a Ahmad ibn Yúsuf al-Gharnatí, filósofo mudéjar expulsado tras la rebelión de las Alpujarras. Del destinatario sólo poseemos una declaración, atribuida a la corte de Fez: “Escribo porque todo silencio es cómplice de la injusticia que me nombra.”

Cada carta condensa un aforismo que sabotea la lógica escolástica. La Segunda proclama:

“Toda proposición verdadera engendra, en el giro inmediato del mundo, la forma de su desmentido.”

La Tercera añade:

“Quien comprende una verdad deja de ser aquel que la comprendía y, por ello, la verdad que comprendió pierde su objeto.”

Semejantes tesis parecen eco lejano de Crátilo, pero Algaza las formula con la grave nitidez de una prueba geométrica.

III

Las desdichas comienzan cuando el jesuita confía su correspondencia a los tórculos de Juan de Jáuregui, impresor sevillano famoso por su pulcritud tipográfica. Testimonio de fray Jerónimo de Sigüenza (Archivo Histórico de Simancas) refiere que el 7 de julio de 1581 tres cajistas sufrieron súbita afasia tras componer el aforismo segundo; a medianoche, las galeradas se habían ennegrecido como si la tinta se consumiera en su propia negación. Jáuregui, aterrorizado, devolvió el original y juró no haberlo visto jamás.

IV

Algaza dedujo entonces que la materia misma de la lengua repudia aquello que la excede. No obstante, perseveró. Envió los manuscritos a un taller de Amberes, célebre por sus caracteres griegos y hebreos. Viajó él mismo, disfrazado de mercader de pieles, y fue recibido por Cornelis Plantijn, tipógrafo de fama universal. La crónica flamenca de Théophile de Coster narra que el 3 de febrero de 1583 los operarios oyeron un extraño zumbido —como el girar de un reloj sin engranajes— y vieron las letras de plomo resquebrajarse en la caja tipográfica, como si rehusaran integrarse en oraciones posibles. Plantijn, hombre de razón, declaró que aquello era “un accidente metalúrgico”; aun así, ordenó quemar los folios y pagar al jesuita por su silencio.

V

Lo que sigue reside en la frontera de la conjetura. Una hoja suelta, recuperada de las cenizas de Amberes y hoy custodiada en la Biblioteca Laurenciana, muestra un pasaje inédito:

“No hay enunciado que no pronuncie, en su reverso, la conciencia de su fracaso; pero tal fracaso lo trama una boca que, al tiempo de afirmar, se rehace. La voz humana es, pues, el laboratorio donde la nada se experimenta a sí misma.”

Esa frase —si auténtica— anticipa intuiciones de Hegel y Wittgenstein, pero exige un precio: una vez pronunciada, anula al hablante o, peor, lo disuelve en un cúmulo de voces incompatibles.

VI

Desde Amberes, Algaza remitió a Roma un último pliego, ahora perdido. El prefecto de Propaganda Fide lo tildó de “delirio sofístico” y recomendó silencio. Poco después, el jesuita desapareció en las brumas del Báltico, rumbo —dicen— a la imprenta sin hombres de Visby, donde los tórculos accionados por molinos de viento no requieren mano alguna. El fraile nunca llegó; sólo se halló en la cubierta de su navío un cuadernillo empapado de agua salobre, legible a duras penas: eran los once primeros teoremas de De revolutionibus, atribuidos a Copérnico, impresos al revés.

VII

La leyenda insiste en que quien logre leer las seis cartas sin desmentirse recibirá el don —o el castigo— de predecir cada rectificación futura del mundo y, al hacerlo, precipitarla. Tal vez por eso no se conservan copias íntegras: la lengua, custodio impasible de los hombres, se ve obligada a dispersar el peligroso espejo de sus paradojas.

VIII

He cotejado, con fatigosa paciencia, los fragmentos restantes. Conjeturo que Algaza buscaba demostrar la imposibilidad de una verdad estable: toda proposición engendra su opuesto y, en ese engendramiento, el sujeto que hablaba se transmuta. Tal dialéctica no niega la realidad; la multiplica hasta el vértigo.
Más allá del horror que inspiró a tipógrafos y censores, late una intuición que acaso redime la fábula: si todo enunciado se resuelve en su negación, también toda negación es la antesala de un enunciado nuevo. De esa oscilación —eterna imprenta del ser— vive la historia humana.

Quizá por eso las Cartas de Algaza, condenadas a no leerse, han de ser escritas sin cesar en el anonimato de cada conversación, en la pólvora de cada quimera. Si estas notas no bastan para probar su existencia, acaso baste la sospecha —más firme que cualquier prueba— de que cada palabra que aquí se lee resigna, de algún modo, al lector que la entiende.

—I. L.

El monje y la paradoja de Alejandría

(Fragmento hallado en los papeles póstumos del doctor Athanasius Vercellone, copista de la Biblioteca Ambrosiana)

I
Toda versión de los hechos comienza con una pérdida. En este caso, con la conflagración —tal vez legendaria, tal vez reiterada— de la Biblioteca de Alejandría. Entre los cenobitas que atestiguaron aquel eclipse de la memoria universal se cuenta un tal Anastasio el Copto, cuyo nombre apenas figura en un códice gnóstico conservado en la Abadía de Montecassino. Allí, en latín vacilante, se lee: “Anastasius refecit Librum, quia Librum ipsum refecerat eum.” Esa sentencia circular, completa en su escueta fatalidad, fue el primer indicio que me llevó a indagar en la llamada Paradoja de Alejandría.

II
Los cronistas árabes posteriores aseguran que, poco antes de 640 de nuestra era, Anastasio descubrió un volumen sin título entre los escombros ennegrecidos de un pórtico. El libro —exiguo en apariencia— estaba compuesto de hojas disímiles: papiro, vitela, fino pergamino. Cada folio oponía a la mirada de su lector un texto que, según las crónicas, “se alzaba para responder al anhelo oculto de quien lo rozaba”. El pasaje es de Ibn Khalaf, historiador menor de Qayrawán, y despierta suspicacias; aun así, lo singular no cesa ahí.

III
Refiere la Chronica Patriarchorum que Anastasio, maravillado, decidió memorizar el volumen entero, temiendo que el fuego lo reclamara nuevamente. Pronto advirtió lo imposible: el texto mudaba a cada lectura. Donde encontraba, por ejemplo, un comentario sobre el diácono Arias, hallaba luego un teorema de Euclides —y, más tarde, un brevísimo tratado sobre la luz, firmado por un nombre que el siglo XIX conocería: Newtonus. Avergonzado de su inconstancia o hechizado por ella, el monje hizo voto de silencio y emprendió la imposible empresa de copiar el libro cambiante.

IV
En un palimpsesto descubierto en 1898 por un tal Smithers —filólogo cuya autoridad no todos admiten— figura esta nota marginal: “Quien lee hasta la última línea del Libro será su Autor y, por ende, su criatura.” La frase, por su anfibología, evoca las fórmulas cabalísticas que afirman que toda creación perfecta debe engendrar al creador. Cabe recordar que Borges, en su inconcluso escrito La penúltima versión del Génesis, conjeturó que “Dios es un libro que se escribe a sí mismo”. El paralelismo es inevitable.

V
Convocado por esa simetría, intenté recomponer, al menos conjeturalmente, la suerte de Anastasio. Un testimonio etíope del siglo VIII, preservado en el Codex Brucianus, confiesa que el monje se internó en las criptas del Serapeo con la fervorosa intención de enfrentarse al final del Libro. Dicen que, al leer la última palabra —o acaso al concebirla— oyó derrumbarse pasillos que ningún arquitecto había previsto. Los testigos (cuyos nombres varían tanto como los párrafos del códice) aseguran que los muros del monasterio se desplazaron y que algunos frailes se desvanecieron del recuerdo de los supervivientes, como si jamás hubiesen sido.

VI
El lector advertirá que la fábula amenaza con caer en el círculo vicioso de los cuentos fantásticos. He procurado sustraerme a esa pendiente mediante la erudición, que —como enseñó Sir Thomas Browne— es la forma más digna de la incredulidad. Sea como fuere, los rastros de Anastasio se disuelven después de un epígrafe escrito en copto sahídico: “El Señor otorga a cada lector la Historia que merece.”

VII
Permítaseme, sin embargo, una conjetura final. Si el libro se reconfigura ante cada mirada, su número de páginas es irrelevante; es posible, incluso, que sea un solo pliego cuya superficie se pliega infinitamente sobre sí misma, como el mapa perfecto que imaginó Lewis Carroll. En tal caso, la esperanza de concluirlo sería tan vana como la de contar los puntos de una línea. Esa imposibilidad funda la Paradoja de Alejandría: el monje que alcanza la palabra última se confunde con la primera y deviene coautor de la vasta escritura. La realidad, entonces, se trueca en glosa; el mundo, en comentario marginal.

VIII
No sé —ni puedo saber— si estas notas que ahora escribo figurarán algún día en la versión futura del Libro. Sospecho que mi humilde pesquisa ya ha sido prevista por esa sintaxis omnívora que todo lo abarca. Si así fuera, quien lea estas líneas habrá de reconocer, en el leve temblor de la tinta, la invitación a proseguir la lectura interminable… o el mandato ineludible de cerrarla para siempre.

—Athanasius Vercellone (1891-1956)